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Los efectos (especiales) de ´Avatar´


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JOSEFINA BUENO ALONSO Y DULCINEA TOMÁS CÁMARA

La última película de indios y cowboys que nos trae el cine norteamericano de acción se llama “Avatar”. Mientras parece imposible negar el impacto y la transgresión visual de la película que ha batido récords de éxito, la historia en sí misma esconde, tras un escenario espectacularizante y unos efectos especiales impresionantes, una forma muy conservadora de entender la Historia y el papel que Occidente ha jugado en ella.
La premisa es simple: bajo la tradicional fórmula del “boy meets girl”, Cameron nos introduce en el año 2145 y nos presenta un aparentemente atípico choque de civilizaciones de la manera más maniquea posible. El ejército norteamericano, en busca de coltán (en la película, un recurso natural de nombre ridículamente parecido) emprende una misión con marines y mercenarios, para despejar la zona y acceder a las deseadas materias primas de esta civilización prístina.
Un marine discapacitado que tomará forma de “avatar” para poder infiltrarse entre los nativos y averiguar el paradero de tales recursos pronto se enamorará de la hija del jefe, recordando el clásico cuento que la Malinche interpretó con Cortés, algunos siglos antes que la Pocahontas de Disney con el Capitán Smith.
Aunque el forastero americano pertenece a la maligna civilización de la superioridad militar y tecnológica, casi imperceptiblemente, se convertirá en el líder de la tribu de los Na’Vi, probando su lealtad a una forma de vida que es todo lo que no es el mundo de donde él procede, a saber, un mundo en el que estos buenos salvajes “à la” Rousseau repiten, como el mantra del mejor seguidor del new age contemporáneo, que cada elemento del universo está interconectado. Estos “nativos” de bondad absoluta no conocen el mal; son justos, equitativos, honestos, generosos, irracionales, supersticiosos y, como ejemplares primitivos, defenderán la religión más estereotípica que Occidente ha atribuido, casi por inercia, a las sociedades cazadoras-recolectoras; la religión natural de la Madre Tierra, el culto a la deidad femenina resurge así en tiempos de crisis espiritual y políticas de género. Es fácil reconocer pinceladas de la historia norteamericana: los pieles rojas, Vietnam, los bulldozers barriendo el Amazonas, los ávidos de piedras preciosas en África, Bagdad y los marines en plena convivencia con los mercenarios, y hasta empresarios sin escrúpulos que deciden desde el minigolf de su despacho acabar con la civilización del Otro.
Aún hoy y con tecnología punta, se reproducen formas de contar la Historia que datan de la primera colonización europea y norteamericana. Y lo que es peor y más preocupante, el héroe meritocrático norteamericano (el protagonista está en silla de ruedas) usurpa en apenas unos días y por amor el liderazgo de una comunidad pre-adánica, pero en cuyas filas ya había pretendientes al trono.
Y los nuestros (o los que parecen representarnos) perpetúan la lucha entre Ciencia y tecnología. La bióloga, personaje que pretende simbolizar el universo de la ética antropológica, asume posturas ambiguas; el Árbol sagrado de los Na’Vi no debe ser salvado por lo que representa para la tribu sino por su utilidad, desde el momento en que ella descubre que éste establece conexiones con cada uno de los nativos, y puede ayudarla a investigar el funcionamiento de las conexiones neuronales. Sin embargo, y ahí viene otra trampa, en el momento de la confrontación bélica, ella exclama que pueden morir mujeres y niños.
La película “Avatar” es la historia de una nativa (la traductora traidora de toda historia de conquista, recordemos que su planeta se llama Pandora) que condena a su pueblo involuntariamente por amor. Nuestro héroe, reconvertido de soldado en guerrero, se unirá pronto a las fuerzas de los nativos, constatando en forma de caricatura (los malos son muy malos y los buenos son muy buenos) la corrupción moderna y el vacío espiritual que diezma a Occidente, en un relato obvio y de corte colonial.
“Avatar” preocupa porque esconde, bajo una apariencia de transgresión visual, de relato verde y responsabilidad moral en tiempos de cambio climático y de extinción del espíritu, unos parámetros reduccionistas y tópicos en la concepción del Otro, de infantilizarlo. Y finalmente, como no podía ser de otra manera, el proyecto de integración resulta fallido. El héroe blanco debe morir como tal para renacer atávicamente como Na’Vi. Como bien pronosticó Amin Maalouf, son éstos momentos de identidades asesinas y excluyentes. Esperemos que en Europa se pueda ver esta película en tres dimensiones, sea con gafas especiales o sin ellas.


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22 February 2010